Había una vez un balcón bonito y nada más. Todos los que pasaban por delante miraban tratando de ver que se escondía tras aquellos brillantes cristales. Era un balcón simpático, dotado de una gracia especial. Sonreía a quien le miraba, fuese quien fuese. Aunque se enfadaba mucho cuando no le hacían caso.
Las grandes ventanas tenían un llamativo y delicado marco de madera. Alrededor de cada cristal se dibujaba una franja azul primero, y roja después. Las esquinas tenian tallados unos ribetes con unas espirales que recordaban a las caracolas del mar. El balcón que le protegía era de hierro negro forjado, y desde abajo hasta la barandilla subían detalles de hojas y flores silvestres, como si alguien las hubiese traido desde los rincones más salvajes del mundo y las hubiera petrificado para ofrecer eternamente su belleza.
El balcón era un galán y gustaba de coquetear con los viandantes que se acercaban hasta él. Abría sus ventanas y las cortinas que estaban junto ellas se agitaban con energía. Ese movimiento sinuoso captaba la atención de hombres y mujeres llenándoles de pasión. El balcón disfrutaba enamorando a las personas. Se sentía bello y poderoso. Capaz de todo.
Una tarde, mientras se pavoneaba de su belleza y el sol le vestía de naranja. Una muchacha se acercó a él. Le clavó su mirada inocente y sintió cómo una inmensa tristeza se apoderaba de ella. Una lágrima cayó por su mejilla, luego otra y de pronto estaba llorando.
El balcón no entendía el porqué de tanta amargura, así que alargó uno de sus barrotes floridos y la trajo junto a él. Ella era diminuta. Probablemente no llegaba a la altura de un espárrago.
Cuando ésta se hubo calmado, el hermoso balcón le preguntó por el motivo de su desgracia y ella, mirándole con ternura le dijo: - Hay, al otro lado de la calle, un jardín lleno de árboles y flores. En el centro, un lago que canta atrae a los animales más preciosos. Más allá hay un pueblo, es un montón de casas apelotonadas unas junto a otras, las personas que allí viven se pelean, se quieren y a veces, también se odian. El mundo se extiende como un manto infinito lleno de vida. Pero cuando te miro, veo soledad. Hermetismo. Un traje de domingo. El vestido de la boda que nunca me puse. La belleza sin fin, sin rumbo. Sin destino.
El balcón se sintió terriblemente ofendido por las palabras de la niña. Un ser casi invisible, sin posibilidad de mostrarse al mundo porque su tamaño no se lo permitía... ¡sentía pena por él!
El balcón contestó: - Pequeña, mi grandeza y perfección maravillan al mundo, no necesito salir a pasear mi hermosura. En cambío, tú eres un ser inisignificante, nadie percibe tu presencia pues apenas alcanzas la altura del tallo de una flor. Cómo puedes sentir pena por mí...
Ella pidió al balcón que le bajase al suelo. Y mirándole con compasión se alejó.
Por primera vez se sintió abandonado. El balcón quiso ir detrás de ella y hablarle, explicarle.
Fue entonces cuando se dio cuenta de su inmovilidad. Comprendió que sólo los ojos de los demás le veían, sin embargo él no era capaz de ver nada, pues estaba pegado al muro invisible de la ceguera por uno mismo.
... la ceguera por uno mismo.
ResponderEliminarHay palabras que salen dando tumbos y otras que regalan luz a los ojos que las leen. Tus palabras son del segundo tipo.
Tengo una inaudita sensación de haberlas leído antes, aunque no. Las siento justo aquí al ladito, no en sí mismas, sino disueltas en alguna mirada de color miel o en un mar plagado de fortuna.