lunes, 9 de agosto de 2010

AROMAS EXTRAÑOS (Capítulo 1)


Al atardecer solía sentarme en el jardín. Era una costumbre que no tenía ninguna finalidad. Tan solo era algo casual que sucedía sin preámbulos y premeditaciones.

Me gustaba acompañarme de un libro, un periódico, o cualquier tarea que me distrajese del entorno. Sin motivo aparente, pues éste me resultaba delicioso.

Desde mi silla podía ver un amplio campo extenderse hacia el horizonte. Y a lo lejos unas serranías cubiertas de robledales y pinares hacían de barrera para que la mirada no se perdiera sin sentido en el horizonte. El sol se escondía allá y tanto en invierno como en verano, era agradable sentir los últimos rayos rozando mi cuerpo.

Como decía, habitualmente me sentaba en el mismo sitio al atardecer. Aunque me dedicaba a la lectura, simpre había algún insecto que desviaba mi atención. Otras veces era el viento que soplaba desde abajo hacia arriba y me levantaba las faldas. El viento no entendía de estaciones y de vez en cuando aparecía para saludarme. En invierno me desordenaba el moño y me alborotaba las ideas cuando bajaba veloz desde la veleta del tejado. Me parecía algo atrevido, aunque al final siempre me sacaba una carcajada.

Era una vida placentera. Solitaria. Llena de una actividad que ocurría más allá de los limites de mi propia existencia.

Era lunes, todavía no habían dado las cuatro de la tarde. El otoño caía suavemente sobre las tejas generando un chasquido suave e inconfundible. Las hojas al rozar se precipitaban hacia la hierba y se asomaban por las ventanas.

A esa hora siempre estaba descansando.

Golpearon la puerta con fuerza varias veces. Primero fueron dos golpes secos. Después cuatro seguidos. No recibía visitas de forma habitual. Sólo el martes, el lechero me entregaba el encargo semanal y los jueves un amigo ganadero me traía cerdo o cordero. Pero podrían haberse adelantado.

Según me acercaba a la puerta, estaba más convencida de que no serían ellos. Volvieron a dar golpes, esta vez con más suavidad. Ya había apoyado mis manos en la puerta pegué el lado derecho de mi cara con la intencion de oir algo. Pero ya sabían que estaba justo al otro lado, temblorosa y agitada.

El miedo se huele de lejos.

Quizás, antes de continuar con lo que sucedió, deba hablar un poco de mí misma o lo que es lo mismo, de mi casa.

Nunca he sido sincera diciendo mi edad, y ahora no será el momento, pero les haré una aproximación. Una mujer que goza de la soledad ya ha disfrutado de compañía. Una mujer que no busca compañía no es anciana, pues puede valerse por sí misma. Una mujer que no necesita ayuda es una mujer autosuficiente. Una mujer autosuficiente es una mujer que ha sabido vivir o sobrevivir y seguir adelante. Por tanto, como adivinarán, no soy joven. Tampoco soy vieja. Estoy sola. Pero desde hace un año, sólo y únicamente había deseado eso.

Esa casa es mía. Siempre fue mía, pues ya sabía que exitía el día que la imaginé. Tiene una planta con forma cuadrada. Está dividida en cuatro. Una habitación, un baño, una cocina y una sala. Todas las habitaciones tienen grandes ventanas. Siendo la cocina y la sala las que más luz reciben, ya que están comunicadas y no hay una puerta que las divida. Esa es la parte delantera de la casa, orientada hacia el Oeste. La puerta principal es muy grande, de madera antigua y algo carcomida. También hay un porche y un jardín. En la parte trasera está el corral donde tengo un gallo y cuatro gallinas.

Un palacio para una reina invisible.

Ese lunes de 1990 cambió el rumbo de mi vida.

Hoy pienso en las abejas cargadas del néctar de mis pensamientos. En su zumbido despistando mis ideas. Recuerdo el sonido de las hojas duras y afiladas de los magnolios al moverse. Y el crujir de las ramas de los dos tilos apostados en la entrada del jardín. Mi memoria no me engaña. Fue real, todo esto existió. Existe.

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